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Sistemas de Gestión y Recursos Humanos

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Boletín de Recursos Humanos - Número VII

Inquietudes sobre el tema de:
La Honestidad

Para especialistas en Recursos Humanos

por el Dr. Marino Milella*
 

La honestidad, aspecto de la ética, ha sido objeto de estudio en diferentes disciplinas humanísticas, con resultados contrastantes. Aquí sugiero que la ocurrencia de algunos actos deshonestos esté en correlación con características normales de la personalidad, específicamente algunas de aquéllas más apreciadas por las Empresas.

Primera parte

Toda madre está convencida de la honestidad de su hijo. Hasta en las esperas para las visitas a los presos los comentarios son: “pobre muchacho, no tuvo la culpa...él no fue, le tendieron una trampa...si robó o estafó fue por necesidad, no porque sea malo”.

¡Hay que admitir también que en ciertas condiciones de insatisfacción socioeconómica tener que elegir entre un comportamiento honesto y otro deshonesto no es una angustia que no deje dormir de noche!

En círculos burgueses más altos, los hijos de que uno se queja podrán ser tildados de vagos, asociales, extraños, drogadictos, hasta tontos, pero rara vez o nunca deshonestos. Tal vez porque los padres creen que estos epítetos denotan una responsabilidad exclusiva de los hijos y por el contrario, si la mancha es de deshonestidad, podrían sentirse ellos mismos culpables de no haber sabido instilar en sus vástagos los “verdaderos valores” y la sana ética de la vida.

En las encuestas sobre cuáles son los requisitos de un buen líder la honestidad es exigida en los primeros lugares por aproximadamente un 70% de los que contestan. La honestidad es o debería ser algo muy importante para cualquier Empresa, para la Administración Pública y los Políticos (aquéllos con  mayúscula). Bajo el reflector están gerentes de compra, de crédito y contabilidad, de tecnología informática. En una institución financiera, además, los inspectores y los tesoreros.

 Hoy en día la deshonestidad se presenta bajo infinitas vestimentas. No se trata ya solamente de tomar dinero de la caja sino, por ejemplo, de crear un sistema informático que desvíe depósitos a la cuenta del interesado. 

Apropiarse de bienes ajenos es deshonestidad. Es deshonesto no respetar la palabra comprometida, mentir, descargar las responsabilidades propias sobre la espalda de los demás, explotar al prójimo o incurrir en abusos de cualquier índole.

Deshonestidad es al pie de la letra falta de honra, violación de obligaciones cuyo cumplimiento, por el contrario, acarrearía una buena reputación.

Dar ejemplos es más vale fácil. Deducir una fórmula que sea omnicomprensiva no lo es tanto. Lo saben los legisladores en su empeño con los códigos y lo sabía quien concibió para la moral la matriz vacía del “actúa de manera que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre como principio de una legislación universal”, traducible brevemente en “compórtate como lo haría toda persona racional en tu lugar”.

Sin embargo, para que esto sirviese de guía, habría que aceptar que todos razonamos de la misma manera, en todas las latitudes, y que las reglas éticas son innatas y fácilmente descubribles e interpretables. Hay quienes piensan así entre los filósofos racionalistas y teólogos. En los hechos de todos los días parece sin embargo que hay mucho para discutir sobre lo que es racional. Lo demuestran los constantes conflictos ideológicos de naturaleza política y religiosa. Por otra parte no siguen seguramente la misma lógica un estudiante de una escuela fundamentalista – que rechaza los aun evidentes principios de la evolución en contraste con su fe -  y un alumno de un instituto de biología, acostumbrado a pruebas experimentales. Una verdad lógica o una verdad científica no son una verdad psicológica. En psicología vale el dicho “tantos jueces, tantas sentencias”.

¡Ante este relativismo podemos debatir por años si es razonable o loco despojarse de todos los haberes y predicar a los pájaros!  

El tema que estamos tratando se complica aún más si no queremos limitarnos a hablar de “actos” deshonestos para descubrir también una “esencia” de la deshonestidad intrínseca en el individuo de la misma manera como lo son ojos negros o manos gruesas. Éste es un (pre)juicio bastante radicado en el lenguaje; se afirma seguido que alguien es honesto o deshonesto de la misma manera que es alto o bajo. En un mundo de hombres de oro, de plata y de plomo, el deshonesto tendría una propia substancia especial. ¡Pueden Uds. poner alas a la fantasía para imaginar cuál!

La dificultad de aceptar este modo de juzgar se enfrenta ni bien uno se pregunte  si un individuo que robó una sola vez en la vida tiene “naturaleza” de ladrón. Las opiniones serían numerosas y discordantes. Tanto más si, para completar el cuadro, agregásemos que han pasado años desde ese único episodio y que, desde entonces, el fulano se ha dedicado al voluntariado y a obras de bien, quitándose el pan de la boca para dárselo a los necesitados.

En el intento de eludir la discusión filosófica sobre qué cosa debe entenderse por deshonestidad y si ésta es o no una cualidad intrínseca, propongo, a nuestros fines, dos simplificaciones:

La primera consiste en limitar aquí el concepto de deshonestidad al  “meter la mano en la lata”. Traicionar a un amigo será también deshonesto pero responde frecuentemente  a motivaciones diferentes y no es el caso de ocuparnos ahora de todo lo que puede suceder en el mundo. Meter la mano en la lata significa lo que todos Uds. saben, tanto tomar directamente plata o valores ajenos como falsificar documentos comerciales, estafar, dar o recibir retornos, comisiones o propinas indebidas – coimas, kick back, mazzette, luvas, pot de vin o como quiera que se las designe en diferentes latitudes. Sería una tarea interesante para un lingüista descubrir cuáles de los 5000 idiomas del mundo ignoran el concepto.

Quien apabullara a los vecinos del Mar Mediterráneo endilgándoles el vicio en forma exclusiva y ensalzando a los norteños de ética protestante fue posteriormente desmentido por la realidad. ¡Sólo Escandinavia felix  parece ajena a ciertas prácticas poco encomiables! Parece.

La segunda  es excluir propedéuticamente que haya una naturaleza, una “esencia”, de honesto o deshonesto. Nos limitaremos a afirmar que ciertos comportamientos regulares de un individuo hacen presagiar una mayor o menor probabilidad de actos deshonestos.

De esta manera decir de una persona que “es” deshonesta es sólo expresar en forma breve que tal vez meterá la mano en la lata o que algunos de sus comportamientos actuales son ya hoy condenables. Éste es sólo un cómodo artilugio gramatical. Pero tengamos la cautela de recordar que no refleja con exactitud la realidad, porque se podría enseguida formular preguntas como “¿Qué porcentaje de comportamientos tiene que ser ilícita para atribuir a su autor la calificación de deshonesto? ¿Es suficiente uno solo? ¿Y si era algo sin valor? ¿Y si el reo se arrepintió? ¿Y si no fue condenado?

Por otra parte hablar de es-encias resulta caldo de cultivo para filósofos y teólogos pero despierta desconfianza en gente preocupada por problemas prácticos. Y el nuestro es un problema práctico, psicológico y legal.

Decir que una piedra contiene determinados minerales y ofrece determinada resistencia a una patada o determinada solubilidad en líquidos es algo útil. Decir que tiene esencia de piedra deja contentos sólo a unos pocos y no es un concepto operativo. ¡Un avestruz o un pingüino entran en la clase de  pájaros porque en algún momento volaron o ponen huevos, no porque tengan esencia de pájaro! Me excuso con filósofos y teólogos y paso a consideraciones más concretas.

Cada tanto aparece un test que afirma medir la honestidad, la honestidad así, a secas y en forma general. No quiero entrar en menudas polémicas y sólo me permito preguntar cómo se puede medir algo tan indefinible. Además no hay manera de validar semejantes tests, pues habría que decidir -después de la ocurrencia de un hecho supuestamente ilícito y el descubrimiento del autor- si realmente se trató de algo que así ocurrió, si en realidad fue contrario a las leyes y si no estaba en parte o totalmente justificado. Habría que remitirse a las sentencias finales del Tribunal, ¡y eso tampoco es una garantía absoluta para la convalidación del test! De todos modos nadie ha presentado semejante estadística... (¡que yo sepa!).

Se puede tratar de averiguar si el sistema de valores del sujeto estudiado es adecuado. El problema sin embargo siempre va a surgir cuando se quiera descubrir cuáles son los valores por medio de cuestionarios específicos. Aun sin considerar la facilidad con que el sujeto puede dar respuestas engañosas (a sabiendas o no) a ese tipo de preguntas, muchos cuestionarios probablemente sólo detectan el desarrollo socio-cultural de los testeados sin llegar a establecer si a las declaraciones teóricas seguirán luego comportamientos reales. Alguien puede muy bien estar convencido de que el sumo bien es respetar lo ajeno y, sin embargo, en particulares situaciones, dar un manotazo y agarrar lo que venga.

La limitación señalada afecta también al erudito trabajo de Kohlberg (1969) sobre el juicio moral, que detecta más los niveles de intelectualización del sujeto testeado que su grado de moralidad práctica. En el primer nivel el sujeto cree que bueno y malo coinciden con lo  que le conviene y lo que no. En el segundo, bueno es lo legal y malo lo prohibido. En el tercero lo que priva es la justicia, inclusive más allá de la ley.

Igual que Sócrates, Kohlberg parece pensar que conocer el bien equivale a practicarlo. De ser así todo profesor de moral, todo sacerdote, todo intelectual traería consigo una garantía de honestidad. No creo que la historia confirme esta tesis. Hemos visto en páginas de diarios a muchos ladrones de guante blanco que, en el test indicado, habrían dado respuestas del más alto nivel.

Por otra parte el juicio de “bueno” o “malo” que damos sobre ciertos acontecimientos depende con frecuencia de las circunstancias en que ocurren los hechos y del estado de ánimo con que los presenciamos. Así puede influir en nuestro juicio que haya habido o no intención de provocar un daño o que éste haya sido más o menos cuantioso; puede influir que haya sólo sido resultado de impericia y que sus consecuencias sean duraderas, que sólo nos afecte a nosotros o también a terceros. Puede influir muchísimo en nuestro juicio la diversidad de estado de ánimo con que  analizaríamos las cosas de venir de un agradable encuentro o por el contrario de un terrible conflicto que nos sacó de las casillas. ¿No son frases que decimos u oímos comúnmente “no lo hice a propósito”, “no importa, no te preocupes, no valía nada”, “no sabía, no me di cuenta”, “no te sientas mal, fue sólo un rasguño”? ¿No alteran estas particularidades nuestro juicio sobre si el hecho que ocurrió es cuestionable y sancionable (malo) o no (bueno)? Por cierto no es lo mismo lo que pensamos cuando alguien rompe accidentalmente un vaso de vidrio que cuando alguien destroza un juego de cristales, salvo que nos domine un infernal mal humor! ¡Y tampoco será igual la sensación para el que los rompió! En el primer caso el mismo pensará que es una tontería y no vale la pena preocuparse y reponer el material roto, aunque en palabras exprese lo contrario. En el segundo puede sentirse en culpa si no paga; ¡o puede no sentirse en culpa si las copas estaban en un lugar peligroso y, además, él no cuenta con dinero suficiente para hacerse cargo! Y nosotros, como observadores, podríamos decidir que sería mucho peor para el pobre hombre resarcir el daño que para el ricachón dueño de casa bancarse el destrozo.

No será el mismo jucio el que los transeúntes emitan cuando un automovilista roce a un peatón que cuando lo embista en pleno y le fracture tres costillas!

Observemos que, en los ejemplos descriptos, los hechos desencadenantes, esto es el movimiento del brazo que hizo caer los vasos o el acercamiento a la vereda del automóvil pudieron ser exactamente iguales, aunque hayan producido resultados diferentes.

Con todo esto quiero apuntar a que el jucio ético no es estático y absolutamente dependiente de un determinado sistema de valores, sino algo cambiante, determinado por varios factores: el sistema de valores, las circunstancias objetivas y las subjetivas. No parece entonces posible que un test específico sobre la honestidad pueda evaluar  juntos todos estos factores, para ponderarlos luego en todos los aspectos que ésta implica.

¿Cómo saber entonces si el empleado que vamos a contratar es digno de confianza, si sus declaraciones verbales de honestidad y alta moralidad se corresponden con su conducta, si podemos darle el cargo de jefe de compras, revisor de créditos, jefe de cuentas, encargado del depósito o expedicionista sin que haya demasiado riesgo de que meta la mano en la lata?

La respuesta que enseguida viene a los labios es una de Perogrullo: si el fulano tiene cierta edad y no trae reputación dudosa, no está en los índices de demandado o incriminado de los Tribunales, sus anteriores empleadores juran por su conducta inmaculada, (para seguir la moda podrìamos agregar -con unas cuantas dudas éticas- si no figura en los bancos de datos de deudores morosos) esto ya tiene un buen peso.

¿Pero cuánto peso? Dicho de otra manera, ¿hasta qué límite el pasado de un individuo garantiza el futuro?

Todos hemos visto u oído de individuos que de repente, y sin que se pudiera hablar de formas clínicas de alteración mental, estafaron a la empresa donde habían trabajado por años como empleados modelo, dejando atónitos a compañeros y vecinos y, a veces, hasta a los parientes más cercanos. Bien lo saben los especialistas en administración y los auditores, que organizan sistemas de control. Es más seguro un buen sistema que cualquier juramento de honestidad; ¡siempre que el sistema sea inmune a las violaciones!

De todos modos, como en general puede haber violaciones y como no todas las Organizaciones pueden pagar sistemas muy complejos, convendrá contar con gente lo más posible reacia a meter la mano en la lata.

La pregunta es entonces si podemos mejorar las probabilidades de encontrarla y detectarla.

Intentaremos dar alguna respuesta en nuestro próximo encuentro. (Ver SegundaParte)

 

Marino Milella

Escríbanle a Marino: mmilella@counselors.com.ar


* El Dr. Marino Milella es Doctor en Psicología Clínica, Abogado. Especialista en Asesoramiento Jurídico de Empresas (U.B.A.), ex- Profesor de Derecho Comercial (U.B.A. y M.S.A.) y Profesor invitado de Psicología de la Conducta, Master Trainer the Trainers de Carlson Learning Co. MN. U.S.A, Miembro de la A.A.B.T. (American Association for Advancement of Behavior Therapy), Investigador en Psicología de la Conducta Individual y Organizacional, Consultor de Empresas en Sistemas de Gestión de Recursos Humanos y Docente de la Dirección Nacional de Formación Superior del Instituto Nacional de la Administración Pública (I.N.A.P.)

 
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